Hablemos de la música, los libros y el cine. Recordarán generaciones como la mía la búsqueda de cualquier perla (teníamos que comprar el álbum completo para deleitarnos en su audición); de cualquier clásico (esperábamos a que engrosara los fondos de la biblioteca más cercana); de cualquier obra maestra (ansiábamos su estreno en el cine o, en su defecto, el videoclub). Localizábamos a fuerza de obstinarnos la pista exacta en el giradiscos o el radiocasete. Anotábamos en nuestro cuaderno las citas más conmovedoras. No nos cansábamos de repetir la misma escena, o de revivir sus diálogos, los gestos de los protagonistas, volver a los escenarios… En definitiva, cualquier producto nos parecía exclusivo, irrepetible. Y entraba en su valoración el esfuerzo invertido en conseguirlo.
Ahora basta una simple búsqueda por la red para encontrar cualquier canción, libro o película; un clic para acceder a la pieza o escena deseadas; la introducción de una palabra para toparse con la cita literal. Cuanto menor es la energía gastada en la consecución de un objetivo, menor es también la satisfacción que produce. Este desencanto procuramos subsanarlo mediante la acumulación desmesurada, en nuestros discos duros, de partituras, guiones y argumentos que jamás serán leídos, vistos o escuchados; o, peor aún, que no dejarán huella en nuestra alma. Lo mismo está pasando en otras facetas de nuestro devenir cotidiano, henchidos como estamos de información que pasa de largo; faltos de obras maestras que, por sí solas, darían sentido a nuestras vidas.